viernes, 2 de febrero de 2024

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Ayer un taxista me preguntó a gritos si soy chileno o extranjero, porque estamos juntando plata para echarlos cagando a todos.
Fue por una discutiblemente mala maniobra que hice mientras iba en bicicleta.
Como le dije, honestamente, que no me interesaba, avanzó unos metros y se detuvo para bloquearme el paso y me empezó a hablar por la ventana. Al comienzo le contesté cosas, que había pasado en verde, que bueno, pero él sólo seguía.
Pensando en ello en la tarde, al comienzo no estaba orgulloso de cómo terminó esa discusión, pero considerando cómo partió, irme después de hacer sonidos guturales de desagrado y con los ojos en blanco era el nivel más parecido que podía entregarle a un viejo culiao xenófobo.
Eran veinte para las siete de la tarde y recién volvía a la casa, después de haber recorrido 250 kilómetros notificando a deudores de pensión y condenados por violencia intrafamiliar con 35 grados a la sombra. Podría haberme dicho algo así como ahueonao no más y no me hubiera dado tanto asco ser su compatriota.

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