En lo único que pienso es en la tranquilidad.
No podría pensar en otra cosa.
Sólo pienso en estar echado mirando el techo.
Una hora, dos horas.
Es que me cuesta mucho estar en paz.
Ahora lo estoy, por ejemplo.
El absoluto silencio. La oscuridad. El gato duerme como si también lo sintiera. Yo sé que le gusta.
El té se enfría un poco.
Esta vida es como andar en bicicleta en un cerro. Sólo lo disfruta uno, uno como es uno, cuando vas ni muy empinado, ni muy en bajada. Cuando sientes el pedaleo casi justo al ritmo en que giran las ruedas. Cuando una cosa va después de la otra.
Concatenada y sucesivamente como el proceso.
Descomponiendo el problema en partes funcionales, ya sabes.
Una cosa, otro asunto, uno al día.
Altera la velocidad, cambia el ritmo y todo sufre una descompostura. La ansiedad, la frustración, el cortisol comiéndose toda la poca serotonina que juntas. El caos absoluto, la pérdida del timón, por un segundo, sujeta el manubrio y pedalea, pedalea duro o suelta, suéltalo y déjate llevar con cuidado, no lo sueltes, preparado, preparado, preparado.
Una cosa después de otra. Un día a la vez.
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Al final, todo se trata de hacer durar lo más posible estos pequeños momentos de paz.