martes, 17 de agosto de 2021

111

Cuando niño soñaba con ser periodista. Periodista e investigador, siempre lo supe. Esos proyectos de diarios con recortes pegados, los miles y miles de papeles llenos de cualquier dato que pillara, sobre cualquier cosa, todo iba a mis cuadernos. ¿Para qué iba a salir a la calle, si lo pasaba tan bien escribiendo cositas, redactando otras, copiando muchas? Me gustaba mucho lo que hacía.
Después llegó la iglesia. Nunca encajé realmente ahí, me sirvió predicar porque trabajé mucho mi expresión en público, pero lo que expresaba no era lo que querían escuchar: ese discurso lleno de culpa y luego redención, todos llorando emocionados, a eso iban. Yo les contaba del libro de los Reyes, de los Hechos, les hablaba del contexto, a nadie le gustaba. A nadie más que al trío de abuelitas que siempre me celebró porque algo aprendían del mundo, aunque fuera del mundo mil quinientos años antes de Cristo. Al resto no. Una y otra vez tuve que hacer mi gracia, pero como ellos querían.
Después vino el derecho. Otra vez teniendo que ajustar mi cabeza y mi corazón en el marco rígido de una forma de pensar. Nunca quise darles en el gusto, de nuevo. Una y otra vez tuve que hacer mi gracia, porque soy inteligente, sí lo soy, pero como ellos querían. Una y otra vez, por diez largos años. Años de un eterno ciclo de frustración y autoconvencimiento. Años de postergarme.
Ya está terminando, ya estará el título en las manos de mis padres, quienes me llevaron a la iglesia y luego a la facultad. No los culpo, su complejo de pobreza es muy duro y pensaron que la estabilidad económica era lo primordial. Aunque fuera a cuenta de la salud mental.
Yo siempre quise ser periodista e investigador. Toda la vida. Lo he hecho, entre medio, gracias a mis amigos y cercanos. Nunca quise ser un predicador estándar o un abogado estándar. Y todos me dicen que sí, se puede, que recién tengo 29 años y queda mucho por delante. Pero pocos entienden que dejar tus sueños de lado por cumplir deseos ajenos, duros además como sacar la carrera de Derecho sin quererlo, cansa mucho. Forzarte a pensar de otra manera, forzarte por meses y meses a aprenderte la ley cuando nunca fuiste bueno aprendiendo de memoria las cosas. Parece llanto del privilegiado. Como si no le debiera veintitantos millones al Estado por hacerme mierda el alma.
Cuando niño soñaba investigar y ser periodista y saber e informar. Y estoy demasiado agotado ahora cuando grande. Y mi corazón está demasiado herido cuando grande. Y mi cabeza ya no quiere pensar más.

lunes, 16 de agosto de 2021

110

No sé, anoche me acosté con pena y hoy también. Supongo que tengo que abrazarla y esas cosas. 
Cosas líquidas se convierten en cosas líquidas que corren por mi cara.
No sé. Quién sabe.