Es tan fácil caer en las pequeñas trampas de la adultez. Uno pensaba cuando niño, porqué hacen esto, acaso no piensan y sí, efectivamente.
Un ejemplo es que, cuando se vive mucho tiempo con alguien, echarle encima los carros de la frustración a ese alguien es el camino ancho. Detenerse a distinguir realmente qué pasa, cuáles sentimientos son reales, cómo sacarlos afuera -imaginen siendo un varón descendiente de varones herméticos a la vieja usanza- y cómo gestionar las emociones posteriores es un camino angosto que, entre las rabias cotidianas y los dolores no tanto, ni siquiera se avizora entre las ramas del bosque lúgubre que es, casi siempre, la vida de viejo.
Lo bueno es que uno, a esta altura, elige con quién compartir la caminata. Y si es una amiga, además de compañera y amante y todo eso, mucho mejor para uno, perro nuevo pero siempre haciendo trucos viejos.
Lo otro es que sé perfectamente que no soy mi padre.