Es un paño de pasto verde de unos cuarenta metros cuadrados, destinado para la construcción de un edificio detrás de este tribunal, lo cual ocurrirá cuando haya plata. Los queltehues saben que no habrá en mucho tiempo y son amos y señores de ese lugar.
Una está anidando hace unas tres semanas. Incólume. Su plumaje a veces tornasol verde siempre me llama la atención al verla ahí, sin moverse un centímetro de su nido. Leí que así son los nidos de los queltehues, meros hoyitos en el campo y por eso, justamente, son tan nerviosos. También leí que son veintitantos días de trabajo, lo que significa que ya le queda poco ahí. También me dijeron que así son, que no debe ser para nada la primera vez del año que anida por allí.
Pero la miro ahí y me emociona, sinceramente. Con las heladas terribles de este pueblo, cubierta de escarcha, los ojos encarnados de rojo o con la lluvia, impávida mirando al cielo, desafiando el agua a correr por su cuello y sin moverse un centímetro, salvo si te acercas o siquiera miras en esa dirección, ahí hasta te muestra unos espolones raros que tiene en las alas y quién sabe qué chuchás te tira.
Hace pocos días la vi levantarse a buscar comida, supongo, y logré divisar su tesoro preciado: son cuatro huevitos grises con manchitas negras. Todo para ella, probablemente, en su corazoncito de queltehue.
Le admiro, señora. Ojalá salgan polluelos grandes y fuertes y dominen los aires del Maule Sur y del Melado al Nevado reinen como usted. De lejitos sí, porque vaya que tiene instinto de madre queltehue. Vaya que le admiro.