miércoles, 15 de abril de 2020

82

No me acuerdo de las fechas exactas. Quizá está tan escondido todo que podría pensarlo y acordarme pero para qué. Era el tiempo de la casa de mucha madera y luz, porque estaba la ventana grande. Yo dormía en la litera, en la parte de arriba. Desperté con la conversación subida de volumen, pero mi hermana no y me aseguré de que no lo hizo en ningún momento.
El tema eran unas marquesas (se me pasó de inmediato el sueño, me dio frío) y yo sabía lo que eran. Mi mamá le decía que estaban baratas y que las necesitábamos mi hermana y yo para dejar de dormir en la litera, pero mi papá estaba muy enojado, ¿porqué estaba tan enojado? Ni siquiera las había comprado a sus espaldas, era una idea no más. El asunto fue cuando le gritó que era una avarienta, así, esa palabra horrible. Mi mamá le pidió que se callara y ahí fue cuando escuché el golpe. (Estoy un poco angustiado, se me apretó la guata)
El desarrollo posterior no lo recuerdo tanto. Solo me acuerdo del llanto, mi mamá hablando con esa voz que tiene cuando llora y yo que me había bajado de la litera para ver a mi hermana y mirar por el hoyo que tenía la pared a la vez. Mirar la segunda cachetada. (No quiero seguir haciendo esto) Mirar a mi papá enojado y con una cara de satisfecho, de macho, de varón que impone sus condiciones y no gasta su poca plata en lujosas camas de madera de segunda mano porque a su mujer se le ocurre. (Me dio rabia la huea, siempre me da cuando me acuerdo)
Me volví a acostar y cerré los ojos lo más fuerte que pude.
Igual ese fue el final de los gritos usuales de ese tiempo, cuando mi papá llegaba enojado siempre del trabajo.
La siguiente vez no la vi. No sé porqué. Pero recuerdo a mi abuela viniéndonos a buscar, mi mamá llorando y contándole que no era la primera vez, la mano marcada todavía en la cara (tengo pena, tengo pena).
Fue en ese tiempo cuando mi mamá me preguntó, caminando por el puente, si su vida tenía sentido. Así la tenía mi viejo.
No quiero seguir.

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