martes, 2 de marzo de 2021

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Cuando era chico había un lugar que siempre me pareció mágico. Como ir al centro era algo inusual, cualquier detalle podía alcanzar dimensiones místicas para mí y ese lugar en particular, una pequeña entrada entre dos casas de dos pisos, con un techo independiente pero formando parte de la misma estructura, me llamaba mucho la atención. Mientras escribo, recuerdo que ese techo me resguardó de la lluvia una o dos veces. Nos resguardó, siempre iba con mi mamá.
Muchos años después supe de qué se trataba.
Hoy estaba ahí, absorto mirando el techo y recordé la magia y recordé lo que pensaba. Hoy estaba sin ánimo de nada, sin pensar en nada, sin querer nada, sólo mirando y quizá incluso deseando que cayera el techo en mi cabeza y la despegara de mi cuerpo y me liberara al fin de ella y todos sus absurdos pensamientos y planes y sueños que chocan siempre con la dura realidad de mierda en que ese lugar no era más que un portón para sacar la basura del colegio contiguo.
Un portón cualquiera, entre dos casas vacías, un hombre bajo el techo.

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