jueves, 18 de julio de 2019

48

Anteayer pensaba en que, al final, arrancaste la costra.
Yo estaba tan herido, tan destruido, era todo tan terrible cuando apareciste con tu mirar de reojo y tus vestidos y tu lunar y tu pelo y el bálsamo que era tu amor.
Me dolía la herida, porque era profunda, pero no te pedí ayuda, sólo me fui curando de a poquito contigo al lado.
Ahora duele porque, al parecer, no alcancé a sanarme. No es tu responsabilidad, claro. Nadie está para sanar a otro.
Estoy enfermo. Del cuerpo y del alma. Todo está fallando y la señal de alarma suena pero sólo yo tengo que apagarla. Cuarenta y dos kilos de sobrepeso. Ocho en el último mes. Perdí el control.
La herida sigue ahí, menos profunda, tuvo un descanso. Pero sigue ahí. Y estoy solo.

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